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La historia de la cocina leonesa tiene nombres y apellidos de mujer. Así lo contaba Diario de León. La memoria de las cocineras leonesas salió a la luz en la Casa de las Carnicerías de la mano de Entretantas, la Asociación de Cocineras de Castilla y León, que estrena la capitalidad gastronómica con este homenaje a las mujeres que cocinaron la vida y levantaron negocios que hoy son santo y seña de la gastronomía leonesa.

Hijas, nietas y también tataranietas pusieron voz a sus madres, abuelas y tatarabuelas. Guisadoras y dulceras sin más títulos que los que da la universidad de la vida tomaron  la palabra. Emprendedoras, químicas, educadoras, inventoras y grandes economistas en tiempos de paso de la subsistencia al desarrollo.

Bodega Regia. En nombre de Elisa Suárez, que fundó en 1956 la Bodega Regia en la plaza de San Martín codo con codo con su marido Ángel Vidal, habló Ana María Fernández, su nuera, y cocinera del establecimiento desde 1979. «Empezaron con un bar y fueron ampliando a comedores. Ella era la que estaba en la cocina y yo aprendí a su lado al casarme con Marcos, (Marquitos) que desde los ocho años trabajaba junto a su madre», comentó. De aquellos primeros tiempos de la Regia eran famosas las truchas al horno, el lechazo asado, el picadillo, las mollejas, el picadillo, congrio con almejas, patatas con carne y la chanfaina. El tradicional plato de pastores era el único que hacía Ángel, que se ocupaba más de la bodega. El flan casero y la leche frita eran los postres más socorridos y cuando llegaba la Semana Santa, la carta se adaptaba a los rigores católicos: Bacalao con huevo escalfado, pulpo, escabeche… «Al poco tiempo de casarnos se jubilaron y cogimos las riendas del negocio», explica. En estos cuarenta años no han parado de evolucionar y Ana María Fernández sigue trajinando en los fogones. Menos los martes, que «nos dan descanso», apunta.

Casa Senén. El estilo ‘Fina’ es la impronta de Casa Senén, en Vega de Gordón, un negocio con casi 60 años de historia que fundaron Serafina González y Senén Castañón a la orilla de la entonces concurrida carretera de Asturias, en el solar de un antiguo huerto. Allí sigue, próspero y al mando de sus cuatro hijos e hijas. «Mi madre era la que estaba en los fogones. Compaginaba su trabajo con la familia, toda la vida se hacía en la cocina» recuerda su hija Rosa Castañón González. «Se encargaba absolutamente de todo, pero estaba detrás y no se la veía», explica. Desde encender la económica, que se atizaba con carbón, hasta cocinar aquellos platos de arroz con bacalao, pollo relleno, lechazo, patatas con carne. Cebolla, ajo, pimiento, pimentón y aceite eran la base de aquella cocina tradicional y sin más sofisticación que contar con productos de buena calidad y mejor mano en la cocina.Fina aprendió con su madre en la cocina, en Los Barrios de Gordón, donde nació, y sus hijas e hijos con ella. «Cocinaba a fuego y hasta hacía la manteca», comenta su hija, recordando aquellas «deliciosas tardes cuando hacíamos juntas las rosquillas fritas». Mujeres como Fina lidiaron en un espacio frecuentado sobre todo por hombres. «Se puede decir que pese a que nos inculcaba las cosas tradicionales en ese sentido era una gran feminista y muy inteligente», apostilla. Cuando llegaron los hornos eléctricos se asombraba y decía: «Ay, lo que yo hubiera hecho de haber tenido esto». No llevaron el título de cocineras por bandera aunque lo eran y lo son hasta el tuétano. «Cuando me preguntaban en el colegio por el oficio de mi madre ponía sus labores», apostilla la hija.

RESTAURANTE TIZON. «No fui cocinera», asegura María Chica Santana, fundadora y cocinera hasta doce años del restaurante Tizón, de la popular plaza de San Martín. Y lo dice tras más de 40 años en el oficio. Era modista de profesión, pero se ganó la vida y crió a sus hijos en la cocina. Su marido y ella cogieron el traspaso del local en 1973. Ya llevaban tiempo haciendo ferias, vendiendo perritos y hamburguesas de fiesta en fiesta y les pareció una ocasión. Acondicionaron un poco el local y se convirtieron en el primer bar que preparaba hamburguesas, perritos y pinchos morunos. Luego abrieron un comedor pequeño y María se puso a cocinar platos como la sopa de trucha, la merluza a la marea negra, angulas, mollejas, rabo de buey… Y todo eso sin ser cocinera, como afirma ella. «Era ama de casa», reitera. Desde la dorada jubilación recuerda aquellos tiempos con alegría. «Teníamos trabajo pero no había la competencia que hay ahora. Para las tapas preparaba unas tortillas y nada más. Ahora es imposible trabajar así».

Otra mujer que pasó la vida entre fogones y atendiendo la pensión, mientras criaba a los hijos, fue Inés Díaz Tascón, de Pendilla (Villamanín). Su nieta contaba ayer cómo fueron los comienzos de esta mujer que aprendió el oficio con Matilde, de Moreda. «Sus padres abrieron después una tienda al por mayor en Villamanín y allí conoció a mi abuelo, Amador García, de casa Ezequiel», señaló. Inés «cocinaba muy bien» y Amador se ocupaba de las compras. «Se combinaban muy bien», señala la nieta. El matrimonio tuvo tres hijos, un varón y dos mujeres, y los tres empezaron de pinches junto a su madre. Ahora cada uno gestiona un restaurante. Sus maestras no tenían título y en sus negocios brillaba el nombre de los hombres (Senén, Ezequiel, Valentín), como apuntó Marisa Rodríguez. Aquellas mujeres «transmitieron una sabiduría ingente que se está perdiendo porque no apuntaban o apuntan las recetas», recalcó Inma Cañibano, investigadora y crítica gastronómica que moderó la mesa Mujeres cocinando la vida de Entre Tantas.

LA RUSA. Memoria que sigue viva en las generaciones actuales, como es el caso de La Rusa. Otilia Kletzel, que llegó a Tabuyo del Monteen 1913 desde Argentina con su marido Manuel enfermo. Había nacido en la estepa rusa, pero los pogroms llevaron a su familia a Alemania y luego al otro lado del Atlántico. El negocio que montó lo heredó su hija Magdalena y luego su nieta Aurora. El cocido maragato era el plato estrella de La Rusa, que fue también curandera y cosía pantalones, murió el día que mataron a Kennedy. Dejó el legado a su hija Magdalena y luego a su nieta Aurora. La tataranieta, Bárbara, trajo ayer su memoria al debut de Entre Tantas en la capital gastronómica.

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